Sus límites comenzaron a ceder.

El cielo se volvió una extensión.
Sin jerarquía.
El horizonte apenas sostenía la distancia. Las nubes, dispersas, retenían en sus bordes lo tenue, casi residual. No tenían una forma precisa. Eran espesuras suspendidas, zonas donde la materia parecía encontrarse todavía en proceso.

La costa adquirió más gravedad.

La piedra descendía hacia el agua en planos incompletos. Las cavidades interrumpían su continuidad y absorbían la luz sin devolverla.
Suspensión.

La sombra ya no pertenecía.

Tres formas emergen de la roca.

La distancia las despojaba de escala.
Cuerpo, después una construcción, después ninguna de las dos cosas.
.

El mar había perdido.
Ahora superficie de mercurio.

La luz se desplazaba sobre ella en fragmentos dejando este mar perdido. Las ondas no recogían, deformaban la presencia.
No había reflejo, sino restos de reflejo.

Sin origen.



Quedaba la materia antes del nombre.


Una forma todavía suspendida antes de convertirse en algo.

Y en ese intervalo, casi imperceptible, el paisaje parecía desprenderse de su propia necesidad de ser visto.



 





















Antes de despertar.